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NACIONALISMO PELENDÓN, CON PERDÓN

 

Mi padre, que en paz descanse, nunca me habló de Pelendonia; ni siquiera de los pelendones. Supongo que, inmersos en una realidad devenida y en una dictadura que supuestamente igualaba a los españoles en origen, bastante tenían con sacar adelante sus familias numerosas, en buena parte abocadas a la emigración ya desde el siglo anterior, por la merma en la rentabilidad de sus recursos naturales. Bastante tenían con sentirse serranos, castellanos y españoles, y trabajar honradamente donde les correspondiera. El caso es que tampoco de mi abuelo y coetáneos escuché referencia alguna sobre aquella población originaria. Mi padre terminó emigrando y yo, por suerte o por desgracia, crecí junto a él en una comunidad con fuerte, y a veces controvertido, carácter de identidad. Recuerdo cierto complejo de niño al intentar señalar mi procedencia de un lugar que a nivel general parecía no haber llamado la atención por nada, y era difícil de ubicar en el mapa.

 

La llegada de la democracia me provocó más inquietud en este sentido. Afloraron los hechos diferenciales, básicamente los de siempre, y en torno a ellos se dibujó un sistema que acababa con el centralismo estatal. Y se vio cómo, quienes más empeño pusieron en negociar con su personalidad, condicionaban la redacción constitucional, se ponían a la cabeza en nivel de competencias y recuperaban, o mantenían mejor dicho, viejos privilegios. Castilla, la de las anchas espaldas, tardaba en definirse. Lo hizo como Castilla y León, perdiendo Castilla la Vieja en su extensión dos provincias históricas, al parecer también comunidades diferenciadas: Rioja y Cantabria.

 

Durante este tiempo los llamados “nacionalismos periféricos”, no sólo no se han conformado con sus status convenidos, si no que han ahondado en la diferencia, condicionando la política central y sus atribuciones fiscales fundamentalmente. Una deslealtad con premio que convierte en utopía el estado español, igualitario y constitucional, en el que todos los españoles seríamos soberanos e iguales independientemente de nuestro origen o lugar de residencia. El propio Estado ha propiciado y subvencionado la construcción nacional de estas comunidades, que no han reparado en levantar fronteras lingüísticas o en hacer una relectura histórica a la medida de sus circunstancias diferenciales.

 

El análisis de estas circunstancias vecinales me condujo a través de referencias a nuestro pueblo, el pelendón. Como otros pueblos de España, habíamos tenido nuestro propio marco territorial, nuestra lengua, nuestro sustrato poblacional y cultural, que nos distinguía de otros, y habíamos formado parte de una comunidad de rango superior, anterior y distinta de Castilla o de España, La Celtiberia. Este sustrato se formó hace, digamos, dos mil quinientos años, que no es poco. Después, no se nos puede desligar de una defensa celosa de nuestra cultura frente a agentes exteriores, véase Numancia, como tampoco de los orígenes de los reinos cristianos de la Península en los que fuimos embrión y motor de expansión del reino castellano. Tampoco se debería obviar que nuestro tejido productivo y comunicativo ayudó a la conformación de Castilla primero y del estado moderno que proyectaron los Reyes Católicos después. Hasta el s. XIX, los recursos naturales y la carretería nos habían garantizado cierta prosperidad dentro de los vaivenes políticos y económicos de nuestro país, y con su declive, nuestro espacio empezó a verse mermado en población y en recursos alternativos. Pero lo que resulta difícil es señalar el momento histórico en el que nuestra comunidad, como tal, se resigna a una nueva organización administrativa y más tarde se diluye territorialmente entre abadengos, realengos o señoríos, en una Castilla medieval y ultra católica.

 

Pese a estos avatares político-administrativos, a lo largo del tiempo ha sobrevivido un lazo, hoy menos tangible, entre nuestros pueblos, basado en el intercambio, la vecindad, la afinidad de recursos, de tradiciones, o cierta endogamia geográfica. En contra de esta relación, casi de parentesco, la división provincial de 1833 confirma nuestra disgregación entre, mayormente, tres provincias, con la creación de la de Logroño. Hoy, dos comunidades autónomas distintas.

 

Personalmente, participo de la afirmación del poeta: “El nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando”, y muchas veces se la recordaría a los radicales que nos rodean. Pero tengo que reconocer que las fronteras existen, aunque arbitrarias, heredadas, y que los hechos diferenciales también van con el hombre y con su visión de lo comunitario. Así, he llegado a distinguir dos tipos de nacionalismo: El prepotente, de la influencia, del privilegio, xenófobo, expansionista, violento, y el reivindicativo, del reconocimiento hacia la propia identidad, del derecho a la igualdad con otras comunidades y ciudadanos, y, en algunos casos, de liberación de pueblos oprimidos por nacionalismos prepotentes.

 

Entiendo que en la “Castilla de las anchas espaldas” resulte delicado hablar de nacionalismo. Pero, mirando desde fuera y desde la perspectiva histórica a nuestra Comarca, creo sinceramente que precisamos de un gesto de reafirmación. De la recuperación y fortalecimiento de los viejos lazos entre nuestras vertientes, de una plataforma común que afronte la problemática común del abandono y la falta de recursos alternativos, y que hable con una sola voz ante las administraciones centrales, ganando, como hacen otros, su atención. Siempre desde la lealtad y el respeto a nuestros vecinos, hermanos  celtíberos, a Castilla y a España.

 

Son momentos duros para el país. “¡Y cuándo no!”, se podría replicar. Y lo son especialmente para Pelendonia, acostumbrada ya a la sangría. Pero hoy tenemos el conocimiento y la comunicación en una tecla. Podemos reconocernos, reconstruirnos. Volver sobre nuestros pasos y tomar carrerilla. Saltar juntos, dialogar, recuperar la memoria y devolver, por coherencia, una tierra próspera a nuestros padres y abuelos, y a quienes nos transmitieron su esencia, sin llamarse nunca por su apellido: Pelendones.

 

Santy San Esteban

ALTA SIERRA PELENDONA 

Revista de Aldea del Pinar, agosto 2015

 

 

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