LA LEYENDA DE PELENDENGA

 

 

 

LA CELEBRACIÓN

 

Los perros aullaron cuando los primeros rayos de sol se filtraban entre las agujas brillantes de los pinos y las hojas de los robles, vestidas ya del verde de primavera. El día había amanecido claro y despejado, tal como los más ancianos habían pedido en sus oraciones a Lug y a Belenos.

 

Los primeros en salir de sus casas fueron los niños que, alborotados y entre risas, se arrojaban pequeñas bolas de nieve helada que aún salpicaba las sombras del campamento. Algunos adultos se desperezaban en la puerta del hogar sacudiéndose las briznas de helecho y paja, y otros realizaban discretamente, en uno u otro lugar, su aseo matinal. Los tejados comenzaban a escupir a borbotones el humo de las hogueras, después de reavivar las brasas dormidas durante la noche. Y en grandes calderos, de bronce o de cobre, se cocía leche de cabra, o huevos, o bellotas, o carnes de ardilla, o de pollo, o de corzo, para la celebración. Pronto, el poblado se había convertido en un trajín de vasijas, hatos de ramas secas y otras mercancías, y en un coro de voces, silbidos y risas, que anulaban en el bosque el canto de las aves desconcertadas.

 

El cercado del ganado estaba situado en una pequeña vaguada a la espalda del castro. A modo de tenada existía un cobertizo, casi improvisado, en medio de un reducido pastizal por donde discurría un arroyuelo retorcido, como un hilo de agua entre la hierba. Allí se dirigieron algunos jóvenes para uncir los bueyes a una de las rudimentarias carretas. Una vez dispuesto el carruaje se prepararon los caballos, esta vez, adornados y cepillados con esmero. Luego, una procesión de bultos y personas acababa de completar la carga de la carreta con lo más imprescindible.

 

Lo más delicado, por dificultoso, era empujar el carro hasta el camino principal y recorrer los primeros tramos esculpidos por el tiempo, a golpe de hierro y de madera, sobre grandes rocas. Salvado este trance, y entre la algarabía, se disponía espontáneamente el orden de formación de la caravana. En primer lugar marchaban los jinetes, unos armados de escudo y de lanza, otros con espada al cinto, y casi todos vistiendo el sagum, que cubría parte de la grupa del caballo. Detrás, la carreta, guiada con destreza por la vara del carretero, y flanqueada por los más jóvenes, que no dejaban de correr y saltar entre risas, juegos y comentarios. En la carreta, además de los víveres, tenían acomodo el viejo Alucio, el hombre más anciano de la tribu que, limitado en su capacidad para andar, no podía enfrentar el camino. A su lado, Akuana, la matriarca que habría cuidado todos los detalles de la provisión del banquete, dando órdenes e indicaciones a todos para que cada cosa estuviera en su lugar. Era una mujer de espíritu dinámico e impetuoso, pero cargada de peso y de varices. Entre pieles y vasijas se sentaban Kuemia, esposa de Uxentio, y Doidena, la joven pareja de Liteno, ambas esperando el alumbramiento para comienzos del verano. Y también quien todos llamaban Kun-kun, que se sentaba en el extremo del carro dejando colgar sus pies hasta el suelo. Kun-kun era un joven disminuido que, por sus facultades físicas y mentales, no podía seguir la marcha al ritmo de los demás, y era objeto a menudo de bromas y burlas de los más traviesos. Más atrás, desfilaba el grueso de la población: mujeres que recogían flores y especias al pasar, hombres que apoyaban sus pasos en fuertes cayados charlando animadamente, dos burros cargados, y una vaca preñada, para el trato.

 

El camino a La Pelendenga era un paseo ameno, entretenido. A cada rato, las voces se unían en un cantar, recitando coplas ancestrales o improvisando otras de contenido mordaz. Al llegar al valle, los muchachos enfilaban la orilla del riachuelo haciendo saltar a las ranas a su paso. Leukon, que se adelantaba al resto, montaba un caballo joven, difícil de sujetar. Era un precioso potro blanco, de manchas negras que lo mismo avanzaba de costado, que daba saltos, o cabalgaba desbocado hasta colocarse a una buena distancia, sin que el hábil jinete pudiera hacerse con él. Esto provocaba los comentarios y carcajadas de los más veteranos, en especial de su padre.

 

Cuando alcanzaron con la vista la suave colina comprobaron que, pese a su diligencia, no eran los primeros en llegar. Ya se oían a lo lejos trompas, tambores, voces y risas. La llegada iba a ser un reencuentro cargado de emoción. Después de años de sobresaltos y funerales, era la primera cita en tiempos de paz. Algunas de las celebraciones se habían tenido que suspender debido al acoso romano. Habían sido tiempos duros de incertidumbre y de miedo. Todos, incluidos los más jóvenes, llevaban un nudo en la garganta y, todos, aceleraron su paso hasta la carrera cuando se vieron de cerca. Las viudas se abrazaron entre lamentos y consuelo mutuo. Los hombres, se tomaban por los antebrazos y chocaban sus pechos, sin rozar sus mejillas, pero sin ocultar en sus ojos la alegría del momento. Los niños, y los perros, rápidamente formaron sus cuadrillas dando saltos y volteretas sobre la alfombra verde. La primera luna de primavera los reunía después de un año.

 

Pero antes de nada, había que cumplir con el ceremonial, con el motivo principal de la reunión. Desde tiempos muy lejanos, quizás desde que llegaron a estos parajes, se había mantenido la tradición de reunir en este mismo lugar a todos los clanes familiares, relacionados y emparentados entre sí, para marcar las pautas de su interrelación.

 

El Consejo subió a lo más alto cuando todos hubieron llegado. Conforme alcanzaban la cima iban tomando asiento en el círculo de rocas que coronaba la colina, a excepción del más anciano de todas las familias, que presidiría la ceremonia desde el centro, y Kaciro que, en esta ocasión, permaneció de pie junto al asiento de su tribu. En aquella roca, el oficiante había hecho colocar un báculo rematado en su extremo con un caballito de bronce. Una vez que los demás se habían sentado, se dirigió hasta allí y lo puso en manos del nikossio, que inclinó su cabeza con respetuoso agradecimiento, asiendo el báculo y apoyándolo en su hombro. De acuerdo a la costumbre, Kaciro tomaba el lugar del viejo Retogeno, su padre, fallecido en el invierno. Luego, siguiendo el gesto del presidente, se pusieron todos en pie y, mirando al cielo o cerrando los ojos, recitaron a coro versos en los que se mencionaba a Cernnunos, Epona y Belenos, y a los bosques, los astros, los animales, y el agua.

 

Después, tomando de nuevo asiento, hicieron la memoria de los tratos ajustados el año anterior. Por aquellos, los narios, que habían dedicado parte de sus pastos al cultivo de cebada y del trigo, recibirían de los nikossios una vaca preñada, a cuenta de dos carros de grano. De los myelos, recibirían madera trabajada y de los vestrinos, dos terneras añojas. Y a su vez, pagarían a los nikossios un caballo semental a cambio de varias sacas de bellota. Myelos y vestrinos cerrarían, con alfarería, su trato por hierro fundido, traído desde tierras lusonas. De esta manera se hacía, hasta que se revisaban uno por uno todos los tratos anteriores. Los pactos podían ir variando en especias y cantidades de acuerdo a las necesidades pero, si no había cambios sustanciales, se renovaban los de años anteriores. Se hacía de forma amistosa y ante la mirada atenta del patriarca que sentenciaba, de acuerdo con todos, la justicia de los pagos. También se cerraban otros acuerdos menores y pequeños litigios territoriales o reajustes de lindes.

 

Parte importante de los tratos era establecer el orden de explotación de los pastos. En el día determinado se contabilizaba, marcaba y agrupaba el ganado, y se coordinaba un itinerario a través de los pastos correspondientes a cada una de las tribus de tal forma que, cuando el ganado comunal alcanzaba los últimos pastos del circuito, los primeros ya se habían recuperado. Entonces se volvía al pasto donde se comenzó, y así sucesivamente, hasta que se recogía el ganado a finales del otoño.

 

Todo el mundo podía ser espectador de los acuerdos, sin exclusión. Pero por lo general, la mayor parte prefería seguir los actos que se llevaban a cabo más abajo, donde se instalaba un mercadillo de trueque, se encendían las hogueras, o se realizaban concursos tradicionales, exhibiciones de fuerza y de destreza, y bailes en torno a tambores y flautas.

 

Cuando los tratos se daban por cerrados, el Consejo volvía a ponerse en pie, y volvían a recitar los mismos versos que al principio. Luego, se acercaban unos a otros, se saludaban al modo tradicional y bajaban al encuentro de los demás para beber y charlar animadamente.

 

Esta vez, el tema que iba de boca en boca era la caída de Numancia. Se comentaba lo horrible del escarmiento, por amputación, a los jóvenes pelendones. Se narraban pequeñas escaramuzas realizadas para hacer llegar alimentos a los asediados, en las que habían caído algunos de los suyos, se revivían emboscadas en las que se conseguía sorprender y aniquilar a la infantería o a la caballería romana, y se lamentaba, por fin, el humillante trato a los supervivientes. A algunos se les nublaban los ojos con las lágrimas, otros levantaban el puño con rabia gritando: “¡muerte al romano!”. Apenas había transcurrido un año desde la derrota y muchas heridas seguían abiertas.

 

Los malos recuerdos no perturbaron la fiesta. La caelia llenaba las jarras y los primeros bocados salían de las brasas. Todos encontraban algo en el mercado para negociar: vasijas, vestidos, herramientas, armas, y todo tipo de alimentos como quesos, mieles, o cecinas. Los danzantes hacían círculos en torno a la gente y, como siempre, no faltaba el anciano desdentado que reía a carcajadas mostrando a los más jóvenes sus habilidades con los juegos de manos, con los ágiles juegos de pies en el baile, o con los juegos de palabras picantes que provocaban la risa de todos.

 

Así, entre sonidos, colores, olores y sabores transcurría el día. Hasta que la brisa refrescaba con la lejanía del sol, y una luna redonda, casi transparente, se comenzaba a dibujar en el cielo. Para entonces las hogueras eran ya sólo humo débil y los grupos se iban recogiendo, se iban unciendo los ganados, y mercancías y vasijas se colocaban de forma ordenada sobre los carros.

 

Aquél día ocurrió que, cuando ya muchos habían tomado el camino de retorno, y otros se aprestaban a hacerlo, Noive, la esposa de Kaciro, echó en falta a la joven Segaida. No pudo ocultar cierto nerviosismo al iniciar un recorrido por el lugar llamando a su hija a gritos. Esto inquietó a  jinetes y al resto de los grupos familiares que, haciéndose llegar la voz se apercibieron que también un nario, el hijo menor del patriarca, estaba ausente y su caballo descabalgado. Los padres de ambos se miraron intrigados. Al rato, tres figuras se recortaron en el horizonte asomando por la falda de la colina. La mujer del patriarca nario no dejaba de maldecir y dar gritos sujetando a los dos jóvenes por el brazo. Se acercaba apresurada y a su encuentro salió la madre de la joven, que comenzó a maldecir y dar gritos también echándose las manos a la cabeza. En esto, jinetes y caminantes se cruzaban miradas y comentarios. Los dos patriarcas se miraron de nuevo y, casi al unísono, estallaron en una estridente carcajada que contagió al resto de la agrupación. Cuando las cuatro figuras llegaron a la altura de los demás, la joven lloraba desconsolada evitando las voces de su madre, y el joven ocultaba su rostro de la vergüenza y el miedo. Los padres se apearon de los caballos; las madres, callaron por un momento. El patriarca nario se acercó a ellos:

 

- Y ahora, ¿de qué os asustáis?

 

Los muchachos recorrieron con la mirada los rostros de los cuatro mayores y, por más contestación, se agarraron por la cintura y apretaron sus manos. Entonces, Kaciro, en gesto magnánimo, colgó su sagum de los hombros de su hija, y su esposa corrió hasta la carreta donde rápidamente preparó un hatillo con telas y alimentos que, emocionada, colocó a los pies de la joven. Por su parte, el nario hizo descabalgar a otro de sus hijos y, tomando por las riendas al potro que montaba el menor, se dirigió al nikossio poniendo las riendas de los dos caballos en sus manos:

 

- Lo mío, es tuyo –dijo con voz ceremoniosa.

 

Luego, se despidieron, y las caravanas se fueron estirando, aligerando el paso para evitar que las sombras de la noche les cerraran los caminos.

 

 

EL COMBATE

 

Habían transcurrido diez días desde la luna llena.

 

Los perros aullaron inquietos, pero sus ladridos se perdían cadenciosamente montaña abajo. Kaciro abrió sus ojos sobresaltado y, en un movimiento reflejo, retiró la manta de pieles que cubría el lecho. Al punto, salió de la casa y se reunió con los compañeros en el filo de la roca vigía, desde donde se divisaba la totalidad del valle. A lo lejos pudieron ver destellos de lanzas y armaduras, y escucharon sonidos de metal y cascos de caballos. Media centuria ascendía en formación por el camino y, por las sendas, varios grupos dispersos de mercenarios subían por la ladera; berones y vascones, a juzgar por sus indumentarias. Demasiados para la quincena de guerreros que, aptos para el combate, se podían reunir en la defensa. Inmediatamente, hicieron sonar la trompa y enviaron a los muchachos para abrir el cercado y desperdigar el ganado en las profundidades del bosque. Al mismo tiempo, encarrilaron a los ancianos y a los no combatientes por las rutas que se pierden entre los árboles. Atrancaron el portón y dispusieron hondas, piedras y lanzas en lo alto de la muralla mientras se agazapaban en silencio para ver llegar al enemigo.

 

Al poco rato, bultos oscuros se movían entre los matorros y por detrás de los pinos. Los soldados romanos rompieron su formación de marcha a una distancia prudente y se distribuyeron a lo ancho sin dejar de avanzar. Cuando estuvieron a tiro de honda, los pelendones se incorporaron y las hicieron silbar lanzando sus proyectiles. Las hondas romanas respondieron. Y como los agresores seguían avanzando, los defensores hicieron también uso de las lanzas aunque sin gran acierto.

 

Más de media docena de arqueros se habían colocado en abanico detrás de los árboles. No eran romanos, posiblemente vacceos. Con su primera andanada de saetas barrieron la altura de la muralla. Kareka, la joven y valiente guerrera, fue la primera en caer atravesada en un muslo. Gritaba inmóvil sobre las piedras. Los defensores volvieron a arrojar piedras y lanzas, de forma desesperada, mientras otra lluvia de flechas los hacía encogerse y arrojarse al suelo. Era la primera vez que el castro era atacado por arqueros, y esto los desconcertaba. En un momento, los romanos hicieron avanzar entre sus filas a dos gigantescos caballos percherones, como nunca se habían visto por el lugar, entre los que colgaba un grueso y recto tronco de pino asido con sogas, que los soldados hicieron balancear empujándolo contra la puerta una y otra vez. Ante la lluvia incesante de proyectiles y flechas, los pelendones se habían dejado caer al interior formando un semicírculo frente a la puerta, que crujía a cada golpe.

 

Por el flanco más débil de la muralla, dos mercenarios tomaron la altura empujados por los soldados romanos. El joven Leukon desatendió las órdenes de agrupamiento y salió a su encuentro. Al mismo tiempo que la puerta cedía ante el último embate, los mercenarios saltaron sobre él y lo ensartaron por ambos flancos. También el aguerrido Sigilo corrió hacia el  lugar, y cayó herido mortalmente al no oír las órdenes. Era sordo. Los asaltantes entraron en tropel y se colocaron ordenadamente frente a los pelendones, sin entrar en combate cuerpo a cuerpo, pero apuntando con sus lanzas, dos al menos por cada nikossio. Cuatro jinetes se colocaron detrás de la tropa. Kaciro no pudo contenerse al ver a sus compañeros de armas tendidos en el suelo y, desoyendo sus propias recomendaciones, saltó la barrera de lanceros y corrió hacia los dos mercenarios emitiendo un grito sobrenatural y salvaje. De un solo tajo, separó la cabeza y el cuerpo del primer asaltante que le salió al encuentro, y se encaró al segundo. Arrojó entonces su escudo y, tomando la gladius hispaniensis con las dos manos, comenzó a batirla enérgicamente a uno y otro lado. Sus golpes también eran absorbidos, una y otra vez, por el escudo del intruso.

 

Toda la guardia dio un paso al frente y amagó con sus lanzas cuando el nikossio rodó por el suelo, abierto su pecho en una contra del oponente. El centurión los paralizó con un grito, como dispuesto a presidir desde su caballo un duelo circense. Kaciro se revolvió y se levantó furiosamente ignorando su herida sangrante y situándose de nuevo frente al rival. Cruzó los puños por delante de él y, gritando de nuevo, le acometió empujándolo sorpresivamente contra la pared de piedra. Antes de que el mercenario pudiera reaccionar, envainó la espada en su vientre. Y volvió a ingresarla desde el cuello con gran rapidez cuando a aquél le flaquearon las piernas. El vascón, con los ojos desorbitados y un gemido, se dio por muerto.

 

Se hizo un silencio mortal. Sólo se escuchaban los bufidos aislados de los caballos y los jadeos violentos del gladiador.

 

Todas las miradas se levantaron hacia el centurión, que permanecía impasible en su montura; todas, menos la del guerrero pelendón que había clavado la suya en su hijo, yaciente en el suelo en medio de un charco de sangre. El jinete de túnica blanca que cabalgaba a la izquierda del romano se dejó resbalar por un costado de su caballo y con cierta parsimonia se fue acercando al nikossio y, a un brazo de distancia, le habló:

 

- Julius no quiere aniquilaros. En el valle hay al menos cuatro contubernios que aguardan bien pertrechados –advirtió-. Escipión ha ordenado que vuestras gentes bajen a los valles. No tiene sentido que sigáis aquí. Además, suponéis una amenaza para la República. Pagaréis tributo a Roma como se hizo en tiempos de Graco -continuó-, seréis tratados como ciudadanos romanos, y recibiréis protección frente a vuestros enemigos.

 

El legado hablaba con acento extraño pero dominaba bien el celtíbero. El pelendón volvió la mirada buscando la del romano. En sus ojos pudo leer serenidad, sinceridad, y hasta compasión.

 

- Tus vecinos ya han aceptado la nueva situación… ¡Toda Hispania ha aceptado la nueva situación!- enfatizó.

 

Kaciro miró a los suyos, en tensión frente a los romanos. Luego, levantó su mirada al centurión, inmóvil en su caballo, y después, miró a su hijo yaciente, durante un instante, para acabar de nuevo clavando sus pupilas en los ojos del patricio. Tras un silencio espacioso, aflojó sus puños y dejó caer la espada a sus pies. Al momento, un mercenario se agachó a recogerla, limpió su sangre en la arena, la admiró, y la colgó en su cintura como un trofeo de guerra.

 

El resto de los guerreros pelendones imitaron el gesto dejando caer sus armas. Los soldados romanos los rodearon ordenadamente empujándolos, sin violencia, fuera de las murallas. Los mercenarios se lanzaron a recoger las armas y, entre voces y a la carrera, se dispusieron al saqueo. Forzando las puertas y ventanas, a golpes y patadas, se introducían en las casas tomando lo que les resultaba útil. Lo cargaban en los enormes caballos y luego acababan prendiendo fuego a las chozas, desde el interior hasta los techados.

 

 

LA NUEVA SITUACIÓN

 

La comitiva de prisioneros y soldados tomó el camino hacia el valle. Cuando salieron del bosque, pudieron ver a su espalda cómo el poblado se había convertido en una imponente columna de humo gris sobre los árboles. Ni una palabra entre los pelendones que caminaban mirando a las piedras del camino. A lo lejos, los evadidos iban saliendo de sus escondites y, parapetándose entre árboles y arbustos, seguían a distancia la procesión sin perder detalle. A medida que se acercaban divisaron a las tropas romanas y, en medio, un grupo de prisioneros civiles, en su mayoría mujeres jóvenes. Aún a cierta distancia Kaciro reconoció entre aquél grupo a su hija, envuelta en el sagum que le hubiera donado, cabizbaja, despeinada su larga cabellera. Abrió sus ojos, afinó su mirada pero no hizo ni un solo gesto.

 

Al llegar al lugar la guardia se relajó y abrió el círculo sin perder sus posiciones. Los tres jinetes se apearon en el lugar más alto y el patricio de túnica blanca se dirigió hacia los prisioneros acercándose a Kaciro:

 

- Llama a los tuyos. No tienen nada que temer. Tenemos la orden de efectuar un censo de pobladores y propiedades. De acuerdo a él, se os impondrá un diezmo. Eso será todo. Luego podréis estableceros en este lugar y vivir en paz. La paz que Roma os propone.

 

Los pelendones dispusieron de unos momentos para mirarse, mirar a los guardias, mirar a los prisioneros y recorrer con la vista el lugar donde tendrían que vivir. Había pocas alternativas.

 

Kaciro levantó su mano y haciéndola girar dio un potente silbido dirigiéndose a quienes les siguieron por las alturas. Entonces sonó una trompa y, poco a poco, por las laderas se fueron acercando los no combatientes. Conforme iban llegando saludaban a sus guerreros y eran puestos en fila, por edades y parentescos, ante una mesa de campaña donde un intérprete comenzó a hacerles preguntas al tiempo que el escribano tomaba nota de las declaraciones.

 

El centurión seguía en lo más alto y bebía en jarra de plata en posición de descanso. Soldados y mercenarios comentaban y bromeaban. Los prisioneros civiles permanecían en silencio, y entre los guerreros pelendones se intercambiaban  palabras de ánimo. Noive se derrumbó en los brazos de su esposo en el momento de conocer la muerte de su hijo al tiempo que observaba, con el corazón roto, a su hija entre los prisioneros. Por orden del legado, que iba de un  lado a otro organizando el encuentro, la valiente Kareka fue conducida junto a su madre, viuda de Numancia que la socorría entre lamentos, hasta el grupo de prisioneros. También por orden del romano, los guerreros fueron luego dispersados para unirse a los suyos ante el escribano. Cuando el patricio hizo a Kaciro su indicación, este se le acercó y, sin ablandar su expresión severa, le sugirió:

 

- Ya he perdido a un hijo. Si vuestro centurión quiere mostrar su buena voluntad, quizás pueda aceptar un trato.

- Tu hijo fue imprudente. Nuestra intención no era la de bañaros en sangre. Pero, di, ¿qué trato sería ese?

- Decidle al centurión que le doy dos de mis mejores caballos a cambio de la libertad de mi hija -contestó al tiempo que identificaba a la joven Segaida con la mirada.

 

El patricio miró a la joven y dudó un momento frente al nikossio, pero se volvió para consultar al centurión que observaba desde lejos, fijamente, al pelendón. Acordaron los romanos el sí, y así lo transmitió el patricio. Kaciro llamó al más pequeño de los suyos, que estaba junto a su madre, y poniendo la mano en su cabeza lo envió en busca del potro blanco de manchas negras, y el más joven de los que el patriarca nario le había regalado. El muchacho era casi un adolescente, fibroso y despierto. Salió corriendo camino arriba perseguido por su perro.

 

En el tiempo que el muchacho tardó en volver con los caballos, se cerró el recuento de los pobladores y su declaración de propiedades. El patricio hizo reunirse al consejo de la tribu y le dictó sus conclusiones: Dada la escasez de población y de recursos, el impuesto anual se haría en especias, dedicando para ello veinte sagums y cuatro carretas de madera elaborada, entre vigas, y traviesas. Más adelante, el pago se haría en denarios de plata de curso romano, una vez revisada su equivalencia. La moneda celtíbera había perdido su valor. Por otra parte, se daría cobijo en el nuevo poblado a un maestro que ilustraría en lengua y leyes latinas a los jóvenes y, especialmente, al consejo de la tribu. Del mismo modo, se acomodaría a cuatro auxilias, o guardias romanos, que velarían por el orden y dependerían del destacamento más cercano.

 

Los pobladores se fueron reuniendo por grupos comentando la nueva situación. También aprovecharon la distensión para acercarse al arroyo, beber  y hacer llegar el agua al grupo de prisioneros.

 

El pequeño de Kaciro llegó al trote. Una vez que superó la línea de soldados, el patricio se dirigió al círculo que custodiaba a los presos para señalar a Segaida y franquearle el paso. La joven corrió sollozando al encuentro de su madre. Kaciro siguió con la vista los pasos de su hijo. El centurión esperaba con los brazos en jarras. Cuando los caballos estuvieron a su altura, el romano comenzó a girar alrededor de ellos palmeándoles en la grupa, en el costado y en la frente. Con un gesto ordenó al niño que los reuniera con los demás. Luego miró al nikossio con ademán de aprobación.

 

El muchacho quiso volver hacia los suyos, pero un soldado romano le cerró el paso. Kaciro, furioso, se dirigió hacia él. El patricio se interpuso y lo detuvo poniendo una mano en su hombro:

 

-¡No!- dijo mirándole a los ojos- Julius dice que estos caballos necesitan de quien los conozca y de quien los cuide.

 

Como si una maldición de los espíritus malignos hubiera destrozado sus entrañas, el pelendón cerró con fuerza sus ojos, apretó los puños y tensó cada uno de sus músculos.

 

- No te preocupes –quiso tranquilizarle el legado-, te prometo que cuidaré de él.

 

La esposa y la hija se precipitaron a abrazar, llorando, el cuerpo rígido y convulso del nikossio. Mientras tanto, todos parecían disponerse para la salida. El centurión montó en su caballo el primero y varios jinetes se colocaron detrás. Luego la centuria en formación, y entre esta y los mercenarios se escoltaba a los resignados prisioneros. El muchacho, que ya formaba con la caballería, se volvió, con rostro asustado pero sin una lágrima, para despedir a su familia. El romano de la túnica blanca también se giró levantando su mano, para dejar en el corazón de Kaciro una despedida noble. Con una orden del centurión todos se pusieron en marcha.

 

El sonido de cascos y metales se fue alejando. Los pobladores rompieron un silencio expectante y comenzaron a oírse risas, llantos, gritos, lamentos y llamamientos a la calma, todo al mismo tiempo. Tuvo que pasar un buen rato hasta que los sentimientos reposaron y se dispuso dar enterramiento a los cadáveres que quedaron en el castro, recuperar los ganados, y todo lo que se hubiera salvado de la rapiña en los estudiados escondites. El poblado se había convertido en un esqueleto de piedras y cenizas. Sólo el cercado del ganado podría servir para su cometido. Otra vez, un trajín de hombres y mercancías, pero esta vez hasta el nuevo emplazamiento.

 

Nadie durmió a la intemperie aquella noche. Un techo de pieles y telas cosidas entre sí arropó a la tribu que, dispuesta en torno a la hoguera, compartió un sueño comunal.

 

 

LA VISITA

 

Bien mirado, la nueva ubicación del poblado trajo consigo más ventajas que inconvenientes. El asentamiento se había transformado en un lugar abierto donde las casas se iban a ir construyendo de forma más espaciosa y consistente. Accesos y caminos, más amplios y llanos, servirían mejor al trasiego del ganado y de las carretas de mercancías. La proximidad al río permitió que en su vega se fueran habilitando pequeños huertos para el cultivo de frutales y verduras y, aunque los rayos del sol tardaban más tiempo en caldear la vida cotidiana, las montañas servían ahora de abrigo, sin tener que hacer frente a las densas nieblas y las ventiscas de las cumbres.

 

El ejército romano rara vez tuvo que intervenir desde su destacamento y si lo hacía era escoltando a funcionarios y escribanos de la provincia, del Convento de Clunia, a mercaderes, o en batidas en las que perseguían a rebeldes arévacos o pelendones que, de forma aislada, se echaban al monte en pequeñas partidas sublevados contra el poder de Roma.

 

Con el tiempo, los nikossios fueron asimilando de manera inconsciente los nuevos conceptos sobre la organización social, sus clases y jerarquías, otras deidades, las nociones más elementales del derecho romano, y el uso generalizado de las primeras palabras latinas. Sin embargo, en cada familia se renovaba un juramento de fidelidad a las tradiciones y, siempre que había ocasión, se reafirmaban en sus valores. Se señaló el día décimo después de la cuarta luna para memoria de los antepasados, y se ascendía hasta el castro donde, en el mismo lugar en que generaciones más tarde los primeros pelendones cristianos levantaran un templo a Santa Lucía, se les recordaba y se les dedicaban oraciones. Esta tradición, aunque variando su fecha por acomodos diversos, se mantuvo hasta bien entrado el siglo veinte de nuestra era.

 

Los encuentros en la Pelendenga fueron decayendo hasta su desaparición, fundamentalmente por dos razones: la primera, que dichas reuniones fueron sometidas a la incómoda vigilancia de la guardia romana empeñada en prevenir el reflorecimiento del espíritu comunal y autogestionario de los pelendones; y la segunda, que ante la nueva disposición administrativa, mercados y tratados se centralizaron en núcleos poblacionales con mayor densidad y dinamismo, donde acudían regularmente los pobladores de las aldeas más próximas, algunas de las cuales ya habían sido borradas del mapa, bien por abandono, o bien, como consecuencia del saqueo y la destrucción que trajo consigo la Segunda Guerra Celtíbera.

 

Uno de aquellos años, en que todavía se llenaba de colores y sonidos la alfombra verde de la colina, alguien dio la voz: por delante de una cortina de polvo se acercaban al galope tres jinetes y cinco caballos. No tardaron mucho en distinguirse bien sus figuras en el camino. Por delante, un jinete vestido de blanco y colores vivos que bien podría ser un comerciante, o un funcionario, escoltado por dos hombres armados, de ropas oscuras. A su llegada, los jinetes se fueron abriendo paso entre la gente, mirando a un lado y a otro como si buscaran a alguien. Y fueron a parar, justo, ante el patriarca de los nikossios, firme e inexpresivo, asido a su báculo. El que vestía túnica blanca se bajó del caballo sonriendo y se colocó ante él. Antes de que el anciano hiciera un solo gesto o moviera un solo músculo, su esposa, su hija y sus nietos corrieron a abrazarse al forastero entre risas y bendiciones. El forastero se incorporó. Agarró al anciano por los antebrazos, chocaron sus pechos, rozaron sus mejillas y acabaron fundiéndose en un abrazo intenso. Si a Kaciro le hubieran quedado dos lágrimas en los ojos, estas hubieran desbordado sus párpados cansados, así que se limitó a contraer sus alargadas y blancas cejas.

 

- Padre –dijo el forastero casi susurrando junto a la oreja del viejo-soy un hombre libre…

 

- ¡¿Libre?! -exclamó en tono irónico el patriarca apartándose para encarar la mirada- ¡Ya no hay hombres libres!

 

- Padre -repitió el joven-, vivo en Visontium. Allí tienes tu casa. Y mis propiedades. Allí tienes, también, a dos nietos de tu sangre. Y a mi esposa, Anna, hija de una sierva pelendona y un oficial romano, que se sentirá muy orgullosa y feliz al recibiros.

 

Kaciro, reparaba en el acento un tanto extraño de su hijo, cuando este completó:

 

- No tendréis más que preguntar por mí, por Caius, Caius de Kan-Nikoss.

 

Los ojos del patriarca se cristalizaron. El forastero giró sobre si mismo y tomó por las riendas los caballos sin jinete que pararon detrás. Uno, con grandes alforjas; el otro, un precioso potro blanco con manchas negras. Los acercó. Los jinetes armados fueron invitados a bajar de sus caballos y se les ofreció caelia y carne de jabalí recién salida de las brasas. Y mientras los niños y su madre curioseaban en el interior de las alforjas, de donde asomaban vistosas telas y recipientes de metal, la matriarca tomó a su esposo y a su hijo por la cintura y ascendió con ellos, pausada y cariñosamente, hasta el círculo de piedras donde los tres tomaron asiento y hablaron, y hablaron, hasta que la brisa empezó a refrescar con la lejanía del sol, y una luna redonda, casi transparente, se empezaba a dibujar por encima de las montañas.

 

Santy San Esteban

 

 

 

 

Diccionario rápido

 

Lug, dios del sol, de la luz; Belenos, del fuego, de las tormentas; Sagum, capa larga con mangas y capucha, abrigo celtíbero; Cernunnos, deidad de los bosques y la caza; Epona, deidad relacionada con los caballos y los difuntos; Caelia, cerveza de trigo celtíbera; Gladius hispaniensis, espada celtíbera; Contubernio, unidad del ejército romano (8 uds.); Visontium, Vinuesa. Vestrinos, fig.: de Vilviestre; Narios, Fig.: de Quintanar; Mielos, Fig.: de Regumiel; Nikossios, Fig.: de Canicosa. Convento de Clunia: administración comarcal romana dentro de la provincia Tarraconense.

 

DEDICATORIA

 

A Felipe(s) San Esteban, Tomás Campo, Jesús Cámara, José Cuesta, Ramiro Ibáñez, Gildo Peirotén, Jesús De Pedro, Pedro Marcos, Teo San Esteban, Javi Ayuso, Fco. Ureta; a Charo Pascual, Pili De Pedro, Merce Vela; a Victor Campo de Aldea, Alfonso Cena, Alberto Bengoechea, Luis Ángel Izquierdo… y en fin, a todos los que no nombro, incluido mi padre (RIP), con afecto tribal.

 

 

 
     

 

 

 

 

 

RUTA CELTIBÉRICA

 

 

 

 

 

 Pelendonia.net

***

 

Asociación Cultural sin ánimo de lucro

CUOTAS Y DONATIVOS:  Caja Burgos 2018 015101 3020000230

 

 

 

 

 

 

 

Powered by Pueblo's de Pelendonia